La Cerveza Frimmel, cuento americano

La Cerveza Frimmel, cuento americano

Se acerca la navidad y, por estas fechas, viene bien un cuentecillo cervecero.

Apareció publicado en el Diario de Burgos el 11 de agosto de 1.899, espero que lo disfruten:

«Los despachos llegaban por millares del Chicago-Times porque aquella vez el inmenso periódico se proponía dar a sus lectores la mayor suma de noticias posible acerca de la fiesta de Navidad, celebrada la noche anterior en toda América.

Diseminado por el vasto territorio de la Unión y generosamente remunerado, un ejército de reporters diligentes habían recibido la orden de telegrafiar todo cuanto ocurriera, pues ningún hecho debía omitirse en las columnas del famoso «número de Navidad».

Y llegaba sin cesar a las oficinas una tremenda lluvia de telegramas los cuales, a pesar de su estilo abreviado, estaban generalmente impregnados de los sentimientos místicos, coreográficos y noctambulescos que evoca todos los años en América la idea de la popular fiesta.

Los relatos se sucedían sin tregua: todas las notas brillantes, locas, dolorosas o burlescas del concierto social norteamericano, todas las discordancias de una noche de charivari general, vibraban en el sordo misterio de los cables telegráficos, tendidos como cuerdas de arpa bajo el negro manto del cielo.

Ya estaba para terminar el ajuste del periódico, cuando entre la ola de noticias de última hora, llegó del confín del Ohio una singular historia: la relación de la fiesta religiosa celebrada en la capilla protestante de Springfield, al frente de la cual se hallaba el reverendo padre Frimmel.

Hacía algunos meses que este aprovechado pastor había abierto de nuevo aquel templo evangélico, y empleaba todo género de propagandas con objeto de proporcionarse una clientela de creyentes que superase a la del reverendo John Humbert, anglicano que gozaba gran renombre en todo el estado de Ohio.

Esta manera de americanizar la religión, muy común entre los protestantes yankis, demostraba que mister Frimmel había estudiado a fondo el país en que vivía.

Pero la clientela no aumentaba, y el hábil pastor pensó en otro recurso para atraerse los dollars, que se mostraban reacios en acudir a su bageta.

Aprovechó la noche de Navidad, y a fuerza de ingenios anuncios, logró ver su capilla llena de gentes de muy diversas procedencias, pues había entre el auditorio pietistas, cuákeros, y hay quien afirma que hasta mormones.

En cuanto a nacionalidades, estaban representantes casi todas, a excepción de China, porque el reverendo Frimmel profesaba horror a los hijos del Celeste Imperio.

Comenzó la función, y ocupó la tribuna el pastor, pronunciando un soporífero discurso para probar que el descubrimiento de América estaba previsto en el Apocalipsis. El público iba ya impacientándose, cuando mister Frimmel terminó su oración con el siguiente párrafo:

«En estos días de fiesta consumiréis seguramente grandes cantidades de cerveza, porque tal es la costumbre. Pues bien: la que bebéis ahora está fabricada por un chino, que no pertenece a nuestra religión, y es, por lo tanto, una bebida infiel. Para evitaros esto, he montado una fábrica, cuya inauguración vamos a celebrar ahora mismo. Os recomiendo mi excelente cerveza, y espero que muy pronto la marca Frimmel será la más popular de Estados Unidos.»

Ninguno de los concurrentes se sorprendió ante tan inesperado final, lo cual no debe extrañar a nadie, porque la escena ocurría en el país de los anuncios extravagantes, en aquel país en que un condenado a muerte pidió la palabra momentos antes de ser ajusticiado, para proclamar las excelencias de un jabón de tocador que superaba a todos en suavidad y aroma.

Pero esta historia tuvo un apéndice que disgustó a Mr. Frimmel. El Chicago-Times insertó literalmente el larguísimo telegrama, y en el acto giró a cargo del dueño de la nueva cervecería de Springfield una letra de 200 dollars, importe de aquel original reclamo.

R. Lawson

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